Navidades

Es curioso cómo la mente navega por los recuerdos, los funde, hace un amasijo con ellos y por último... los vuelve a dejar donde estaban. Y no hay manera de evitarlo.

Cuando yo era apenas una niña y llegaban estas fechas, mi casa olía a pastas, a mantecados que hacía mi madre desde primera hora y que luego llevaba al horno de la panadería más cercana. También a compota, esa compota con vino tinto que evaporaba el alcohol al fuego, lleno de manzanas, pasas, ciruelas... y que aplacaba los excesos de la Navidad. Mi padre ponía el árbol lleno de luces y campanillas el domingo antes porque era el único día que no trabajaba, y mi madre se agobiaba gritándonos a todos que saliéramos de la cocina. Eran días de veladas amenazas mirando sin descaro a la chimenea por donde los Reyes Magos nos veían si éramos malos malísimos, amenaza que se adelantaba casi un mes antes por aquello de aprovechar la renta del miedo que nos provocaba que dejaran carbón.

Y luego la cena, llena de cosas imposibles durante el resto del año, no porque no hubiera turrón y mantecados, si no porque el sueldo de mi padre no llegaba a casi nada.

Pero éramos felices. No lo dudo: éramos felices.

Y de pronto se cruza, en esa memoria traidora, una de las peores Nochebuenas -o quizás la peor- de mi vida, cuando sentí, sin paliativos, lo que es darte cuenta que no tienes a nadie, ni familia ni nadie. Porque precisamente esa noche las familias se juntan, incluso las que hace tiempo no se ven. Pero yo no la tenía porque para unos eran más importante otros que yo, y porque los de mi sangre me habían olvidado. Recuerdo que lloré hasta no poder más al tiempo que me enrabiaba conmigo misma... por llorar. Caí en la cama destruida, derrotada y con una sensación de soledad que jamás he vuelto a tener. Aquella primera vez, aquella primera Nochebuena no fue la única, hubo más... pero a todo te acostumbras.

Y hoy, esta noche, esta Nochebuena, después de muchos años de rebelarme contra todo y contra todos, sin hacer extras, sin boato ni excesos, he conseguido estar en paz, no sé si con el mundo pero sí conmigo misma. Por primera vez he sonreído en Nochebuena. Y hacía años que no lo hacía... aunque he sido incapaz de sacar de la vitrina al precioso Niño Jesús que tengo. Quizás el año que viene pueda. ¿Por qué no?.

Rectifico: acabo de parar de escribir... y he sacado a mi Niño. Me ha producido una enorme ternura verle... después de tantos años teniéndole escondido.

Felices fiestas a la buena gente, a los que aún son capaces de emocionarse con algo o alguien, a quienes sonríen aún estando solos, y a aquellos que a pesar de todo... y de todos... siguen siendo. A quienes ¿por qué no? todavía creen en el espíritu de la Navidad.



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