Siempre la luz a pesar de la muerte

A algunas personas nos cuesta más que a otras no sentir ciertas partes del pasado imbuídas en el presente, como si fueran un todo o casi. Cierto que mucho de lo que somos es debido a ese pasado, a vivencias que quedaron atrás pero que forman parte del presente. Dicen que de los errores se aprende, y posiblemente sea cierto, pero también lo es que el ser humano necesita tropezar más de una vez en el mismo punto, para aprender la lección. Y es que somos así de torpes.

Pero volvamos a eso del pasado, del mismo que en ocasiones nos hace ver distinto de lo que es, que nos nubla razones y sentimientos, y que nos convierte en peleles de nosotros mismos. Ese que consigue que otros seres, no más listos que nosotros pero sí más fríos, nos dominen aún desde la distancia e incluso desde su olvido... o su muerte.

Reconozco que me pueden los sentimientos, siempre ha sido así aunque antes conseguía meterlos en cualquier caja, cerrarlos e incluso tirar la llave. Con el tiempo bajas la guardia e incluso tienes la torpeza de pensar que es mejor que se te vea. Torpeza total. Jamás se debe bajar la guardia porque siempre, por mucho que nos empeñemos que no, el otro, el de enfrente... puede convertirse en enemigo.

Durante tanto que he olvidado si son años o siglos, he estado atada a recuerdos, a personas, a sensaciones y sentimientos. Pero a fuerza de soledad te das cuenta que todo eso y más únicamente lo sientes tú. Que al resto del mundo, el mismo que gira sin tí, le das igual. Exactamente igual. Pero aún así no puedes cortar ese cordón umbilical que te une, de forma invisible, a fantasmas.

Y un día, sin saber cómo ni por qué, coges las tijeras y cortas. No es un instante para ponerlo en rojo en el calendario y celebrar aniversarios después; tampoco algo que decidas y medites con tiempo. Simplemente cortas... porque sabes, lo sabes, que jamás volverás a aquéllo, no porque los fantasmas tengan otra vida y otro mundo... si no porque tú no quieres que vuelvan. Nunca. Jamás. Y sí se puede decir lo de nunca jamás.

Simbólicamente sería como cerrar una pesada puerta, sólo que esta vez la cierras sabiendo que lo haces y que ese "no" es definitivo. Porque no te hace falta nadie ya. Porque se han ido muriendo poco a poco, como tú... salvo que en el último momento te has cogido a lo único que podías y tenías: a tí misma. A lo único que jamás te fallará. A lo único que tendrás cuando mueras. A la única persona que realmente le importará tu muerte.

Y a esos fantasmas que un día se adueñaron de mi vida y la destrozaron... nada... porque nada son. Fueron, pero ya no son. Y no merecen más de lo que tienen.

Ya soy libre. Por fin.

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