Noche de Reyes

La noche de Reyes, la que va del 5 al 6 de enero, es una de esas en que la magia, la ilusión y la inocencia se hace más patente en el ser humano niño, y también, por qué no decirlo, en el adulto que sonríe ante toda esa impulsividad infantil.

Recuerdo, cómo no, que con un frío que ya no existe, íbamos andando desde el barrio donde vivíamos hasta el centro de la ciudad (una buena caminata por cierto), no porque a mi madre le apeteciera andar con dos pequeños de la mano, si no porque el tranvía, el de entonces aún con vías de hierro y un conductor dándole a lo que para mí era una gigantesca rueda, era caro para tres pasajeros de maltrecha economía. Porque en aquellos años los niños aún pagaban como adultos los billetes.

Y bajábamos... a ver la Cabalgata de los Reyes donde, con un poco de suerte, conseguías uno de aquellos caramelos, grandotes y cuadrados, que si te alcanzaban en la frente te hacían un "chichón" y todo. Ahora ni siquiera son cardenales o morados, ahora son hematomas; entonces eran chichones sin más. Por no haber, no había ni niños obesos.

El caso es que esperando que se iniciara la Cabalgata y con ella a los Reyes Magos, esperábamos también a mi padre que llegaba con apenas una chaqueta puesta y una bufanda al cuello, montado en lo que entonces era una "mobylette", una moto a la que la mayoría de las veces fallaba el motor y tenías que llevar pedaleando. Todavía sonrío al recordar la roja nariz de mi padre, muerto de frío... porque los únicos abrigos los llevábamos mi hermano y yo. No había para más.

Terminada la fiesta y con un montón de pedruscos, perdón caramelos, acumulados, más felices que unas pascuas, volvíamos esta vez sí en tranvía impacientes por llegar a casa. Mi padre subía en su moto por lo que siempre, a pesar del casi seguro pedaleo, llegaba el primero. El tranvía esa noche iba lentíiiiiiiisimo.

Hay que decir -sómo se me olvidado contarlo- que antes de salir de casa dejábamos en el patio un cajón con paja, pan y agua: la primera para los camellos y el pan y agua para sus cansadas majestades. Y en un rincón antes establecido y metido en un sobre, nuestros ahorros... porque ya entonces había niños que no recibían juguetes y había que hacer ese sueño también posible. No era para el pago de nuestros juguetes, si no para esos otros niños. Cosas de mis padres y una manera muy sutil de promover el ahorro generoso.

Mi padre llegaba antes a casa e invariablemente cuando llegábamos atropellados de emoción, nunca se había acordado de mirar si el pan y el agua junto con el dinero seguían estando... aunque sí había estado escuchando ruidos... Íbamos con la vida en la boca a mirar. Se lo habían comido todo!!!. El dinero tampoco estaba!!!. Mis padres corrían tras nosotros, gritando y aplaudiendo porque sí habían venido los Reyes a nuestra casa.

Una de esas noches mi hermano se quedó "atascado" debajo de la cama porque, abrazado a uno de los juguetes (más grande que él) y no queriendo soltarlo, no podía salir. Mi padre tuvo que alzar somier y colchón y mi madre le arrastró hacia afuera cogiéndole por los pies. Todo un poema. Pero no soltó el gran bulto.

Por extrañas razones que luego fui comprendiendo, a mi hermano le traían lo que pedía por lo que su desbordante alegría traducida en gritos era lo que había esa noche. Solamente una vez se cumplieron mis peticiones; el resto de los años siempre se confundían sus Majestades y dejaban "otras cosas"... entre ellas... ropa. Pero aún así y todo, a pesar de la desilusión constante año tras año, recuerdo esas noches como las más felices, sobre todo porque entonces la inocencia era absoluta, y porque la antesala de todo aquello (las "amenazas" de que si éramos malos nos veían por la chimenea, el momentazo de dejar paja, pan y agua -buscando desesperados días antes la paja-, el tranvía que no avanzaba, el correr por toda la casa los cuatro...) es impagable. Realmente impagable.

Frente a mi casa había entonces una pequeña montaña y por ella un año pasaron los Reyes Magos, con camellos, pajes y antorchas. Es imposible contar aquí lo que fue aquello con la intensidad con que lo sentimos. ¡¡¡Habíamos visto a sus Majestades desde nuestra casa!!!.

Aquí, en esas noches mágicas, los Reyes no se ven cuando dejan los juguetes pero el lugar donde nací (que es la Cabagalta más antigua de España), los pajes suben a tu casa, entrando por los balcones... y te dan los regalos en mano!!!. Para un niño eso tiene que ser... Se me olvidaba: y llegan en camellos de verdad!!!

Ya no hay niños en mi casa. Unos nos hemos hecho mayores, otros se han ido y el resto ya son adultos, pero todavía me emociona y mucho pensar en aquellas noches en que todo era posible... Hasta el frío ha dejado de serlo.


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