Cuando se es... como se es

Todos hemos encontrado en la vida seres despreciables, de esos que no merecen ni la vida que viven. Pero como en todo, incluso en la despreciabilidad hay categorías que suben o bajan el escalafón.

Los hay que se amparan en su supremacía, no sé si blanca o no, pero supuesta supremacía en cuanto a ser más inteligentes que el resto. O al menos más listos. Son esos sujetos (y sujetas) que se conciben a sí mismos muy superiores... y nunca he entendido por qué. Incapaces de mirar su propio ombligo y menos aún de reconocer sus propios fallos; no hablo de pedir perdón al otro, que ni eso tampoco, si no al menos de hacerlo hacia uno mismo. Y es que la soberbia les puede, porque son tan pluscuamperfectos, que no conciben cometer error alguno. Siempre son los demás. Y luego, conforme avanza el tiempo y la vida resultan ser unos pobres desgraciados, que se pasan los años buscando sin saber qué.

Luego están esos otros que tampoco tienen desperdicio. Los que ya no sólo se autodefinen como, además de listos (más que los demás, naturalmente), astutos, sabios y para rizar el rizo... llenos de una suave línea de ironía que les lleva a ser incluso inteligentes. No se puede ser más tonto, pardiez. Son esos sujetos (y sujetas) que tienen, diagnosticado o no oficialmente, un clic mental en distinta dirección que el resto y de ahí su "talento"... según ellos, claro. Son quienes también en la soberbia de la superioridad presumen e incluso se vanaglorian de hacer siempre lo que quieren y cuando lo desean, sin importarles si hacen o no daño. Son egocéntricos en grado máximo, que viven como las apisonadoras: ésto quiero y no hay nada que negociar; y si no lo consiguen son como animales incontrolados cuyo único argumento es la fuerza. Lo malo de estos seres es que caminan por la vida aparentando ser normales, ser lógicos y equilibrados, cuando en realidad deberían estar permanentemente en observación, aunque sólo sea para evitar que hieran a otros.

El final, tanto de los primeros como de los segundos es claro: el rocambolesco mundo de una mente que no sabe salir de sí misma y mirar hacia afuera. Unos, como ya he dicho, diagnosticados; otros posiblemente no. Pero todos terminando acompañados siempre por una obsesión: la culpa es de los demás y jamás de ellos. Al fin y al cabo son unos pobres dementes buscando lo que nunca encontrarán.

Esos dos estereotipos, unidos por un mismo drama, son dos extensiones enfermas del ser humano, pero no por ello merecen compasión porque la crueldad es su habitual arma arrojadiza. Cada uno la emplea de forma distinta, pero ambos quieren hacer daño. Por eso quizás lo más aconsejable es mantenerse apartado de ellos, aún sabiendo que otros terminarán padeciéndoles. Incluso cuando su propia locura les lleve a tener que ser encerrados -y ese será siempre su final- será un alivio para el resto. La pena es que mientras tanto van dejando cadáveres a su paso.

Si un violador, por mucho que haya cumplido su pena, sale a la calle... volverá a violar. Si a un enfermo mental se le deja en libertad, por muy medicado que esté...

1 Comentario:

Kasioles 20 de febrero de 2017, 20:11 » ((Responder al comentario)) »

Hay personas que ya debieron llegar a este mundo con algún gen maligno y no hay forma de enderezarlas por muchos fármacos que se tomen.
Otras, como tú dices, están sin diagnosticar y van sembrando maldad a su paso, son tan egocéntricos,que los demás no les importamos nada y, por dinero, hacen lo indecible.
En fin, mejor es no tropezar con ellos pues, tanto unos como los otros, te van a fastidiar la vida en la mínima ocasión que se les presente.
Abrazos.
kasioles

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