Araceli se llamaba

Leyendo al amigo Matías he recordado a la señorita Araceli, una de las profesoras que tuve en Secundaria, y tiene su mérito porque soy malísima para recordar nombres propios.

La señorita Araceli debía andar por los sesenta y tantos años, aunque pensando... a lo mejor era más joven porque yo tenía unos 14-15 años, y los de veinte ya eran muy mayores. Era la profesora de Religión pero también una javeriana: algo así como una monja vestida de civil. Desde muy niña he tenido problemas con los oídos: de audición (más ahora) pero sobre todo de gravedad; de hecho tengo trepanación en ambos y como sólo los más mayores puede que sepan de qué hablo, diré que la trepanación es una operación quirúrgica que se realizaba años ha. Bien, vamos a lo que vamos (la explicación era forzada por lo que viene a continuación).

Mis padres, a principio de cada curso, hablaban con la directora del centro para que recordara e indicara a los profes, que la niña (yo) tenía que sentarse en las primeras bancadas porque si no no oía. En aquellas épocas el orden para sentarse en clase era el alfabético por apellido... y a mí me correspondía al final del todo. De ahí el "recordatorio" paterno anual. Con lo cual todos los profesores (las clases eran de una hora según la materia y con un maestro distinto cada vez) eran avisados de mi problema.

La señorita Araceli era de la antigua usanza: tenía la mano muy larga y acostumbraba a dar un manotazo (en realidad era una santa ostia -sin hache- en la cabeza) cuando alguien hacía, según su criterio, lo que no debía. Hay que añadir que el instituto era solamente para chicas... porque los chicos eran el pecado (recordemos que eran monjas sin hábito).

Pues bien, una mañana dos de mis compañeras, sentadas tras de mí, se pusieron a hablar por lo bajini; yo me reí mientras volvía mi cara hacia ellas y zassss, guantazo que me encontré. Ni siquiera sabía que tenía al monstruo de las galletas tan cerca. Lo malo fue que al haber iniciado movimiento, la bofetada fue directamente a la zona de la oreja. No se puede describir el dolor que sentí (incluso ahora, escribiendo, me ha dado un escalofrío). Me eché la mano a la oreja... y vi que tenía sangre... me salía del oído. Asustada le dije a la señorita que tenía que ir al aseo a limpiarme y vi cómo levantaba la mano porque según dijo después "le estaba contestando". Mentira, pero lo dijo.

Conforme vi que levantaba la mano me volví, cogí mi silla (silla con brazo ancho para que escribiéramos a tipo de mesa... y que pesaba una vergüenza) y la levanté por encima de mi cabeza al tiempo que le decía: "como me vuelva a pegar se la rompo en la cabeza". Supongo que mi tono y mi cara decían a gritos que era capaz de hacerlo. Y jamás, jamás, jamás he sido una persona violenta. A todo eso, aunque en esos momentos no fui consciente, mi oído seguía sangrando y estaba manchando la blusa ya. Si hubiera habido móviles, seguro que todo el mundo habría grabado aquellas imágenes.

Ni qué decir el susto de mis padres cuando llegué a casa con toda la sangre encima. Me llevaron de urgencia a mi otorrino quien diagnosticó que tenía una fisura interna debida al golpe. Hay que tener en cuenta que mis oídos, entonces y aún ahora, son muy delicados; incluso un simple resfriado me complica enormemente la vida.

Mis padres fueron a la directora del centro a exponer su queja; es de las pocas veces que he visto a mi padre tan enfadado, sobre todo porque estaban avisados en el instituto del problema que había conmigo; eso sin contar con que me había pegado y ya entonces se empezaba a vislumbrar que eso no estaba bien... Y ya el colmo fue cuando "la dire" les comunicó que me iban a expulsar por falta gravísima.

El caso es que lo que se encontraron fue con que la señorita Araceli había dado ya su versión del altercado, y ésta no coincidía en absoluto con la mía... salvo por mi levantada de silla, hecho que las dos contábamos... pero con matices. Ella relataba que me había reñido porque no prestaba atención en clase en repetidas ocasiones, y que en una de esas regañinas yo me volví violenta y levanté la silla para tirársela; pero ni me había pegado ni nada por el estilo. Quizás estaría bien añadir en este momento que los guantazos de la susodicha era de los que te marcaban la cara con sus cinco dedos... y no bromeo, por lo que no me los plantó sólo a mí. Ante mi insistencia en que todo eso, contado así, era mentira y alegando que preguntaran a mis compañeros, fueron llamados... y éramos cuarenta en la clase!. Salvo cuatro, todos contaron lo mismo que yo (siempre hay cuatro que quieren hacer la pelota), pero aún así y como medida disciplinaria me prohibieron ir a clase de Religión durante una semana. Y eso me cabreó aún más porque era injusto: yo no había hecho nada, así que me auto-infringí mi propio castigo: era febrero y no volví a clase de Religión el resto del curso. ¡¡¡A tomar por culo!!!. Mis padres se enteraron de mi decisión cuando en junio llevé un rotundo "cero" en Religión... y eso que era siempre de "diez" porque memoría, en aquel entonces, tenía un auténtico memorión.

Al año siguiente y no sé la razón, había otra profesora de Religión. Muchos años después supe de casualidad que la señorita Araceli había muerto; no me alegré... pero casi. Es de esas personas que no recuerdo con cariño, no ya por lo que me hizo (que también) si no porque cuando te haces mayor te das cuenta que lo único que le interesaba era que nos aprendiéramos de carrerilla nombres y fechas. Y eso no es enseñar.


2 Comentarios:

Matías 28 de abril de 2017, 15:49 » ((Responder al comentario)) »

Has hecho una descripción autentica de las formas que empleaban maestras y maestros en aquellos años, en mi caso recuerdo que al maestro le teníamos terror.
Un abrazo.

Kasioles 29 de abril de 2017, 0:14 » ((Responder al comentario)) »

Y así era en aquellos tiempos, recuerda, la letra con sangre entra.
Yo aún recuerdo algún "reglazo" que me he llevado, te mandaban extender la mano y esperabas nerviosa, quizás con los ojos cerrados, que la regla pusiese colorada y ardiendo la palma de tu mano, en fin, en ese aspecto hemos progresado y ya la autoridad del profesor no se manifiesta a golpes.
Cariños y buenas noches.
kasioles

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