Cuando la tontería se sublimina

Entiendo que la gente que tiene dinero, mucho dinero, se vuelva majara con su clasicismo, con su sibaritismo incluso, pero lo que no comprendo es que se vuelvan tontos y que nos tomaran por lo mismo. Y digo todo eso porque ahora mismo estoy viendo un programa que es lo más de lo más... de la tontería subliminal elevada al cubo... y porque no se me ocurre nada más alto, que conste.

La cosa va de ir a un restaurante de esos a los que jamás iremos los mortales normales, y de los que posiblemente cuando salgas de ellos tengas que ir a comerte un bocadillo porque estás muerto de hambre. Y lo que digo sucede en realidad y no en mundos lejanos.

Pero el que me ocupa ahora es el más de lo más. Acaban de servirle al presentador que habla y nos lo cuenta, un puerro bañado en agua hervida y tierra. Sí, tierra de la que la mayoría tenemos en cualquier maceta, y un puerro de los del cajón de verduras de la nevera. Bueno pues los ojos en blanco se le han puesto al susodicho al probar la exquisitez. Y de segundo plato, un trozo de ternera (no un filete si no un trozo) al que se le ha hecho una corteza con cenizas del volcán noséqué; la carne toda ensangrentada al cortarla (que yo no me la como ni aunque me paguen)... y de nuevo los ojos en blanco. Y de postre un vaso de vino normal (del tinto de toda la vida) que han reducido a fuerza de estar media hora al fuego y al que luego le han puesto una gotita de café (una gotita que lo he visto yo). Bueno, pues ese postre era... era... de nuevo los ojos del susodicho en blanco.

O se ha tomado, al llegar al hotel, un bollo (o dos) mojado en leche (por el hambre que debía traer el hombre), o se ha metido directamente al baño por la diarrea que tenía (la tierra, la carne no echa, el vino de postre...)

Es como el otro día que leí, y aún me estoy riendo, la historia de unos chavales que para celebrar no recuerdo qué, contaban que se habían ido a comer (aquí en España) a uno de esos restaurantes de dos estrellas Michelín, y que cuando salieron después de probar, entre otras exquisiteces, una aceituna rebozada (palabrita del Niño Jesús que les sirvieron eso), se fueron a un asador porque estaban muertos de hambre... y casi sin dinero por la factura que les presentaron.

Y luego ves programas de esos en los que las mujeres ya muy mayores hacen pucheros con los que antiguamente sus madres y abuelas alimentaban a toda una hambrienta familia, y piensas que eso es cocina y sabiduría y no lo que hacen esos "estrellas Michelin".

Esta tarde he visto en televisión hacer una "pipirrana" que de pronto recordé que yo la he comido de muy pequeña; cuento la receta (la que he visto) por su grandeza: tomates partidos a trozos algo grandes, cebolla también troceada, ajos picados, aceite sin pasarse, sal y perejil; todo puesto en una cacerola de barro grande (o sea: todo en cantidad para varios comensales); se revuelve bien. Y se le echa agua hasta casi cubrir. Se vuelve a remover... y a mojar pan. Por si alguien no lo ha entendido: como se ponía el aceite justito justito (porque era muy caro)... se añadía agua... para que luego hubiera para mojar... En mi casa, eso sí, -mi madre tenía el punto de ser "diferente" y darle importancia a los platos- esa comida única se ponía en platos individuales. Y no es broma lo que voy a decir, pero hasta esta tarde no he sabido que no todo lo que mojábamos no era aceite de oliva...


1 Comentario:

Matías 17 de abril de 2017, 16:30 » ((Responder al comentario)) »

Estoy de acuerdo, la cocina moderna ha sido un invento de los restaurantes para cobrar mas por menos género.
Aunque no soy de mucho comer, cuando voy a un restaurante me gusta salir satisfecho, en alguna ocasión he ido a un lugar de esos donde te sirven dos o tres platos con un extraño bocadito en el centro sin saber los que estás comiendo, de donde sales con hambre y con el bolsillo perjudicado.

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