Repitiendo la historia

Siendo apenas una adolescente ya fui consciente de que las personas que pasan por tu vida tienen fecha de caducidad. No hablo de padres ni hermanos,  ni siquiera de parejas, si no de aquellos que en algún momento entran a formar parte de tu vida se supone que incondicionalmente. Sí, hablo de amigos/amigas. 

Te enseñan que cuando alguien se queda a tu lado sin más obligación que el cariño que va surgiendo, de la complicidad compartida, y esos sentimientos se van afianzando, es porque quiere, y esa carencia de otros vínculos más o menos obligados, hacen que esa amistad tenga tintes de verdad. 

Pero eso no es así y lo aprendí también muy pronto. Los amigos también tienen fecha de caducidad... y no porque se mueran. 

Se ha repetido tantas veces esa caducidad que ya ni sé el número, pero siempre es de la misma forma: vas callando, por prudencia, por cariño, porque te pones en el lugar del otro... y todo parece funcionar bien pero... sacas la patita del plato y esa maldita caducidad aparece. Es como si todo pareciera estar a tu cargo para que dure, pero en cuanto se te acaba la paciencia o sencillamente te llenas de decepción, todo desaparece como si nunca existiera. 

Y la verdad es que estoy más que harta, y más cuando casi me había convencido que por edad y por vida vivida, ya no volvería a pasar. Pero pasa. Y se repite la historia. Y duele como la primera vez.


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