Tara (2007-2019)

El día que conocí a Tara fui a una tienda de animales a comprar pienso para mi gato Plasty. Cuando ya me iba y aún hablando con la dependienta, escuché un "guac" fuerte, potente, autoritario... volví la cara y en una jaula grande que estaba en el suelo ví a cuatro cachorros de shih-tzu: tres blanco-negro y el cuarto color oro-blanco. Los tres iguales estaban jugando entre ellos y el del "guac" (que no guau) estaba sobre sus dos patas traseras, completamente de pie, cogida a los barrotes y mirándome fijamente. Me hizo gracia. La chica, la dependienta, aprovechó para decirme que precisamente a "esa" (las cuatro -eran todas hembras)- se la iban a llevar para ponerla a criar, por el pelaje tan bonito que tenía. Le pregunté que cuánto tiempo tenía porque se la veía muy pequeña: dos meses. ¿Y con dos meses ya la ponen a criar? -pregunté- La chica me respondió que "cuanto antes, porque cuando tienen pedigrí y con esos colores, están muy cotizados".

La pequeña volvió a hacer "guac" sin quitarme ojo. Solté el pomo de la puerta, terminé de volverme, y le pregunté a la chica si podía cogerla. No podía dejar de mirarla y la pequeña tampoco. Me la coloqué en el brazo, entre la muñeca y el codo: se me veía todavía medio brazo (de lo pequeñita que era). Nunca he estado tan sorprendida: se durmió.

Estuve regateando con la dependienta. Jamás he comprado un animal y soy contraria completamente a ese mercadeo, pero... la seguía teniendo dormida en mi brazo... y era preciosa. Me hubiera llevado a los cuatro, pero no podía ser... porque tenía un gato que además era macho. Plasty ya tenía dos años, estaba castrado, pero... no sabía cómo podía reaccionar. Le conté eso a la chica y le dije que me la llevaba con la condición de que si mi gato no la aceptaba, la devolvería.

Plasty la miró, la olió y cuando la pequeñaja se despertó...retrocedió. Le di el tiempo que necesitaba para que entendiera que no era "el enemigo". Siempre se llevaron bien con las lógicas diferencias de que eran distintos en todo, pero Plasty era un gato bueno, muy bueno... siempre lo fue.

Era 1 de agosto del 2007 cuando quien luego se llamó Tara llegó a mi casa. Tenía dos meses y medio y desde el principio demostró que tenía mucho carácter.

El primer baño se lo dio Alba (quien siempre fue mi mejor amiga y alguien a quien quise mucho), y Alba fue también quien le puso nombre... Tara, la casa de "Lo que el viento se llevó".

Siempre, durante toda su vida y casi hasta sus últimas semanas, fue un trasto: juguetona, cabezota, tozuda, cariñosa cuando ella quería y con unos inmensos ojos negros que cuando te miraban queriendo algo era imposible llevarle la contraria. Cuando quería algo (sobre todo comida que no debía darle), rodeaba mis pies con las cuatro pelotas que tenía (las traía una tras otra) hasta que me hacía reír. Era muy muy lista.

Físicamente tenía un pelo precioso. Nunca se lo pude dejar muy largo porque el tormento de los nudos que se le hacían era tremendo. Y cuando en verano la pelaba "al cero", parecía cualquier cosa menos una shih-tzu. Lo de que tengan pelo largo es desesperante, por ellos y por nosotros. Apenas podía cogerla en brazos porque el calor que despedía era brutal.

Cuando no estaba de acuerdo con algo, gruñía e incluso ponía cara feroz y enseñaba los dientes, pero era decirle muy seria "¿qué haces?" para que automáticamente bostezara; sí, bostezara... como si distrajera "el asunto". Me hacía reír.

Cuando me operaron la primera vez de cáncer, estuve siete días fuera de casa. Una vecina se encargó de ir todos los días a ponerles (a los dos) agua y pienso. Por casualidades de la vida me operaron el 1 de agosto (del 2011), el mismo día que años antes había llegado Tara a casa. Durante ese momento de la vecina, Plasty y Tara estaban solos en casa. Recuerdo el día que volví: nada más abrir la puerta, vi a Tara salir corriendo a esconderse bajo la mesa del comedor, me agaché como pude (llevaba incluso el gotero puesto) y la llamé; no venía; la volví a llamar... y entonces suavicé la voz... salió, temblando completamente, arrastrándose por el suelo, mirándome... el rabito le iba a salir volando. Trepó por mis brazos para que la cogiera. Nunca olvidaré aquella sensación. Ella y yo estábamos en casa.

Creo que siempre tuvo algo de celos hacia Plasty, porque cuando le acariciaba (al gato), Tara primero me miraba y luego venía como reclamando. Cuando la llamabas, nunca venía a la primera (ya he dicho que era muy tozuda): primero se asomaba y miraba a ver de qué iba la cosa, y si le convencía, entonces venía. Daba igual si estaba dormida o despierta: si cogías su pelota favorita, siempre estaba a punto para que se la tiraras por el pasillo e ir corriendo a cogerla. Si le comprabas algún juguete nuevo y le gustaba, lo demostraba sin dudas. Era muy expresiva. Para todo.

Nunca supe por qué, pero si llamaba alguien a la puerta, si era mujer le hacía la fiesta, pero si era hombre retrocedía asustada. Y puedo asegurar que mientras estuvo conmigo, nadie le hizo daño. Solamente a Ricardo, el electricista de casa, le hacía la fiesta y dejaba que la acariciara.

Hubo un tiempo, cuando aún tenía a mi madre en casa, que las cosas, económicamente hablando, me iban muy mal. Yo apenas cobraba 400 euros del subsidio y la pensión de mi madre no era para echar cohetes: ella, mi madre, tenía unos gastos brutales (pañales, comida...) que se "comían" lo suyo y lo mío. Pagaba los gastos de casa, lo que ella necesitaba, los piensos de mis "dos chicos"... y se acabó. Lo pasé durante meses realmente mal. Pero jamás les faltó nada ni a Plasty ni a Tara (pienso, vacunas...), ni a mi madre, claro está. Es cuestión de tener prioridades. Fue antes de mi cáncer.

Tara ya tenía diez años más o menos. Andaba un tiempo que tenía, de vez en cuando, problemas. La llevé al veterinario y no le encontró nada preocupante, pero algo le pasaba y yo lo sabía. Total, que después de varias visitas, decidí cambiar de veterinario. Tampoco parecían encontrarle qué le pasaba, pero sin ser algo escandaloso... vomitaba de vez en cuando. Hubo quien incluso llegó a decirme que "la mimaba demasiado y no la mires tanto..."

Pasan los meses y cada vez estoy más preocupada con Tara... pero al mismo tiempo Plasty empieza a perder peso.

De Plasty ya he hablado en otro post.

Cuando murió mi pequeño tuve que "retomar" los problemas de Tara. Once meses después que su hermano... ella también me dejó.

Después de dos veterinarios, de cientos de análisis, de ecografías ni sé cuántas... resultó que tenía un cáncer como un puño de grande. Llevaba ya tres días sin comer ni beber cuando la llevé de urgencia. Entonces se lo encontraron. Fue la peor tarde de mi vida (Plasty había sido por la mañana). No podía con aquello, no podía dejarla ir, no había superado todavía la pena por mi gato... pero tenía que tomar una decisión porque no podía consentir darle el final que la esperaba, y porque no había tiempo: ya no comía, ni dormía...

Como su hermano... murió en mis brazos... "en casa". Me estaba muriendo pero no quise que fuera en aquella fría mesa. Se fue sin más. Era el 27 de marzo del 2019. Tenía 11 años y 10 meses.

Había nacido el 19 de mayo del 2007.

(La foto no es de Tara. Pero es la imagen más parecida a ella que he encontrado en Internet).


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Cómo hacer 12 albóndigas a la vez

Cuando ya esté la carne picada mezclada con lo que cada cual añada (huevo, sal, perejil, miga de pan húmeda, piñones, etc.,), coger una huevera de plástico de las que venden o tenemos típica para poner una docena de huevos.

Introducir en cada media hueco una cucharadita de harina. Colocar encima una cucharada de la mezcla de carne picada, procurando no llenar ese hueco; es importante que la carne quede con holgura. Cerrar bien, incluso con sus presillas, la huevera y moverla como si fuera una coctelera durante un par de minutos. Cada albóndiga girara dentro de su hueco, embadurnándose de la harina y tomando forma redonda.

Abrir la huevera con cuidado para que no salgan rodando las albóndigas. Ya podemos freirlas en una sartén con abundante aceite caliente y luego ponerlas en una cacerola o olla a presión y terminar de cocerlas con su salsa.


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Fijar el punto para los miles

En los últimos años se ha dictaminado por sesudos especialistas en el tema (incluidos también en España), que para figurar "el punto" en las cifras de Excel (en este caso el Excel 2003 que es el que tengo), no se pondrá ese punto si no que se hará constar que son miles con un espacio en blanco.

Ejemplo:

1.200,83 se escribirá..... 1 200,83

Naturalmente hablamos para los países que utilizamos el punto para los miles, y la coma para la separación de decimales.

Pues bien, no he encontrado cómo hacerlo para que quede de forma permanente (fijarlo), pero sí cómo en cada hoja de cálculo.

Seleccionar toda la hoja (pinchando en su principio, a la izquierda).

FORMATO

CELDAS

NÚMERO

Marcar "Separadores de miles"

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El reino de Saba

Todos hemos escuchado (o leído) hablar de la reina de Saba, una hermosísima mujer que quiso saber si era cierto lo que se contaba sobre la sabiduría de Salomón. Para ello emprendió camino con sus barcos llenos de oro, pavos reales, joyas y embriagadores perfumes con los que obsequiar al rey.

Pero ¿dónde estaba ese reino de Saba?. No se sabe. Ni siquiera hay constancia fidedigna de dónde se encontraba el reino de Salomón aunque los expertos lo sitúan en el actual Yémen.

En realidad la única referencia de estos personajes es el libro que relata todo lo que sabemos: la Biblia en su Antíguo Testamento.

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El primer vuelo desde la Torre Eiffel

Un poco antes de Navidad, corriendo el año 1911, había un sastre francés nacido en Austria, llamado Franz Reichelt (1879-1912) que acababa de inventar una capa con la que acreditaba se podía volar, y que seguía algunas ideas de Leonardo da Vinci, reformadas por él mismo.

Pidió permiso a los propietarios de la Torre Eiffel, en París, para poder saltar desde allí; esos dueños le exigieron que primero consiguiera la autorización de la policía. Obtuvo las dos.

El 4 de febrero de 1912 a las siete de la mañana Reichelt, después de dudar mucho... saltó.

Tenía 33 años.

 

    


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¿Qué pasa con el coronavirus?

ACTUALIZACIÓN DEL 27 ENERO 2020. 

De ahora mismo: 56 80 muertos y 2.070 2.700 contagiados oficialmente.

Durante los 14 días que dura la incubación del virus hasta que se hace presente y por lo tanto diagnosticable, es contagioso.

Nadie lo explica, parece que no es nada, que no tiene importancia... pero la tiene y mucha. Ya son 23 26 (escribiendo ésto han fallecido tres personas más) los muertos y 33 millones de personas (que se dice pronto: 33 millones... casi España) los afectados. No es lo mismo "afectados" que "contagiados": afectados son el total de habitantes que hay ahora mismo incomunicados; contagiados existen oficialmente 896.

China ha cerrado a cal y canto (blindado que dirían otros) ocho de sus ciudades. Seguro que alguno, que siempre lo hay, dice aquello de "sí, pero China es muy grande"; claro que lo es y por eso hay que asustarse: porque si algo tan enorme como China estornuda... todos estamos constipados.

Si buscas en Google qué es el coronavirus te puedes encontrar con algo parecido a ésto:

Son virus envueltos con un genoma de ARN de cadena sencilla con polaridad positiva y con una nucleocápside de simetría helicoidal.

Tócate los pies. Más claro imposible. Pues esa "explicación" está en el Wikipedia. A saber de dónde lo han copiado.

Así que como en este blog somos más de andar en zapatillas, a ver si soy capaz de explicarlo más a lo tonto: el coronavirus es de la familia de los resfriados comunes y de los problemas respiratorios. Por lo que se sabe es un virus nuevo que apenas tiene un mes de vida desde que se supo de él. Es tan grave (de ahí el número de muertos y de afectados) porque suele derivar con neumonía y diarreas muy intensas, así como fiebre.... pero, siempre hay un "pero" la neumonía en la que desemboca suele ser mortal.

Engaña tanto que se suele diagnosticar en un principio como gripe, ya que sólo los análisis clínicos son capaces ahora mismo de diferenciarlo.

Se contagia de persona a persona.

El primer caso fue detectado en la ciudad china de Wuhan y oficializado el 31 de diciembre del 2019.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) parece no considerar "de urgencia mundial" el coronavirus de Wuhan, por lo que esta misma semana ha denegado declarar la emergencia internacional. Lo que no se puede obviar es que ya han aparecido casos en Japón, Vietnam e incluso en EE.UU.

Lo que hay que tener claro en este tema (o yo al menos así lo considero) es que China ha actuado como ningún otro país lo habría hecho: bloqueando la entrada y salida de habitantes de las zonas afectadas, y dando aviso al resto del mundo de lo que estaba pasando con una celeridad sorprendente y de agradecer; no olvidemos que el primer aviso chino fue dado el pasado 31 de diciembre.

Las recomendaciones para evitar el contagio son las básicas para cualquier resfriado e incluso la gripe: no hablar muy cerca de otra persona, cubrirse cuando se estornude o tosa y lavarse las manos con frecuencia. Ante cualquier atisbo de fiebre... ir al médico sin tardanza.



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Es lo mismo cocer al vapor que al baño maría?

Hay veces que se confunde el cocer al vapor con el hacerlo al baño María... y no es lo mismo.

La diferencia entre ambos métodos es que al vapor el segundo recipiente (el de los alimentos) tiene agujeros... y no toca el agua; al baño María el recipiente de los alimentos no tiene agujeros... y sí toca el agua.

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Cuándo fue el primer Día de la Madre?

Ya en la antigua Grecia se celebraba el "Día de la madre", pero sin el rigor de una fecha concreta.

La primera vez que se celebró teniendo continuidad posterior fue en Inglaterra durante el siglo XVII. Por aquel entonces uno de las profesiones más habituales era la del servicio doméstico, sobre todo referido a las casas de la clase alta.

Pues bien, en el siglo mencionado se estableció conceder un día al año para que los criados pudieran ir a ver a sus madres. Era el único día libre que tenían.

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El puente del beso

Había subido desde las costas de Argel y Tingitania hasta nuestros mares cantábricos una pequeña flota de piratas berberiscos que con sus contínuas incursiones tenían atemorizados a todos los pueblos de la costa desde Avilés hasta Navia. Los barcos berberiscos, más pequeños, ágiles y ligeros que los grandes barcos de la flota del rey, escapaban de contínuo de todas las persecuciones y parecía que fuera imposible detenerlos nunca.

Mandaba la flota pirata un moro llamado Cambaral, famoso por la extrema crueldad que mostraba en sus asaltos y por lo ingenioso de sus ataques. Entre su pericia como capitán y las características de sus embarcaciones ciertamente era difícil capturar siquiera alguno de los barcos que componían la flotilla.

Cansado de las tropelías que cometían los berberiscos, el señor de la fortaleza de Luarca, también conocida como La Atalaya, decidió que ya era hora de acabar con ellas y que dado el fracaso de la flota real se hacía necesaria una nueva estrategia que facilitara su captura. Embarcando a sus más fuertes y aguerridos guerreros en sencillas embarcaciones de pesca, bien disimulados entre sus aparejos y artes, salieron a la mar a esperar que apareciese la flota berberisca. A pocas millas de Luarca se pusieron a pescar con la intención de que los moros les viesen como un botín fácil y de que confiadamente les asaltaran.

Efectivamente, en cuanto aparecieron los barcos berberiscos y vieron las barcas de pesca se lanzaron a su ataque. Pero cuál no sería su sorpresa que en cuanto se acercaron a ellas vieron que salían decenas de guerreros perfectamente armados y preparados para el abordaje, y que eran las inocentes barcas las que les atacaban a ellos y no al contrario como tenían previsto. El combate fue largo y cruento pero la sorpresa y maniobrabilidad de las barquillas dieron toda la ventaja a los luarqueses. Cambaral fue hecho prisionero, cargado de cadenas y conducido a la fortaleza de La Atalaya en cuyas mazmorras lo encerraron sin curarle siquiera las heridas.

Mientras el señor de Luarca y sus aliados festejaban el triunfo y preparaban los despachos para anunciarle al rey la buena nueva, la hija del señor, una bella doncella de espíritu generoso y gran corazón pidió permiso para curar las heridas y se dirigió a las mazmorras.

Había poca luz allí pero parece no les hizo ninguna falta pues fue verse siquiera entre las sombras para que surgiera entre ellos el más puro amor. A pesar de las heridas o quizá por ellas mismas Cambaral comenzó a sentir lo que todas sus correrías le habían ocultado: que era huérfano de corazón, que podía hallar descanso y sosiego al fin en este amor que se le ofrecía. La hija del señor que nunca había sentido las punzadas del amor noble curó las heridas casi con veneración pero también con una congoja que la atenazaba, pues conociendo bien a su padre sabía cuál iba a ser el destino de Cambaral y por ende más que probablemente el suyo.

En aquella semioscuridad se declararon su amor mútuo y se hicieron promesas grandilocuentes con que los amantes noveles adornan la adversidad. Pero cuando Cambaral se recuperó de sus heridas volvió a emerger en él su audacia y su ingenio que tan bien le habían servido en sus correrías por todas las costas, desde Argel hasta el Cantábrico, y planificó la fuga de ambos.

Fue una huída alocada, sin posibilidades de éxito prácticamente, pero los ojos de los amantes no veían sino el momento en el que su amor podría al fin desplegarse, herirse con sus besos, consumarse en su pasión. No veían otra cosa cuando bajaban hacia el puerto desde la fortaleza, escondiéndose en las esquinas, corriendo atropelladamente y buscando, ya en los muelles, el barco de Cambaral.

Sin embargo el señor de la fortaleza ya había sido avisado de la fuga y con un destacamento de tropas esperaba a los amantes en el puerto. Allí acabaron sus sueños y pusieron a prueba todas aquellas promesas que se habían hecho. Viendo imposible la huida Cambaral abrazó a la hija del señor de Luarca, ambos se miraron como si estuvieran diciendo algo que no se puede decir (amor que nace a oscuras, oscuro muere); se besaron como si ya nunca más se pudieran besar (ya nunca los labios volverán a soñar)... Y así fuera que el señor de Luarca loco de ira, incapaz de soportar aquel beso que para él era blasfemia, de un solo tajo cortó ambas cabezas las cuales fueron a escabullirse, en su beso final, a las frías aguas del puerto, justo donde años después se levantaría el llamado Puente del Beso.

La leyenda de Cambaral ha dejado una gran huella en la villa de Luarca. El barrio de pescadores lleva su nombre y se suele distinguir dentro de él el Cambaral Alto, que es donde habría estado la fortaleza (hoy, en su lugar, hay un monumento, llamado, precisamente, la Mesa de Cambaral), y Cambaral Bajo, que es donde está el muelle.


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Cómo poner dos decimales en Excel 2003

Me refiero al Excel 2003... que es el que aún tengo y sigue funcionando como el primer día.

En ocasiones nos aparecen las cifras con dos decimales que terminan en cero... sin ese cero.

Ejemplo:
143,20
14,2

Y queremos que aparezca también ese cero.

Haremos lo siguiente:

Seleccionamos toda la hoja a la que queremos cambiar los números con decimales.

FORMATO
CELDA
NÚMERO + NÚMERO
POSICIONES DECIMALES: 2
NÚMEROS NEGATIVOS: marcamos la primera cifraque aparece (-1234,10)
ACEPTAR

Comprobamos. Guardamos la hoja.

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Jean Dausset

Los científicos tanto en su rama masculina como en la femenina son los grandes desconocidos para la humanidad, sin comprender que seguramente sin ellos la vida sería mucho más complicada sobre todo en temas de salud. Y ese es el caso de Jean Dausset, un científico nacido en Toulouse (Francia) en 1916 y fallecido el 7 de junio del 2009 en Palma de Mallorca (España). Tenía 92 años.

Durante el año 1980 demostró qué procedimiento seguían las células del cuerpo humano al producirse un trasplante (la implantación de un órgano extraño para el conjunto del organismo). Por este hecho le fue concedido el Premio Nobel de Medicina.

Gracias a su descubrimiento los trasplantes de órganos dejaron atrás su mortalidad ya que hubo medios y conocimientos para atajar el rechazo que invariablemente se producía hasta entonces.

Respecto a su vida privada: se casó con la española Rosa Mayoral con quien tuvo dos hijos.

En el año 2000 y próximo a jubilarse, donó todo su legado científico al “Museo de las Ciencias Príncipe Felipe”, de Valencia (España), fijando a partir de entonces su residencia en el lugar en que falleció.

Son muchos los que sin saberlo le deben la vida porque posiblemente la lista de fallecidos serían mucho más larga si no fuera por su descubrimiento.


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Los niños de la guerra 1 de 3

Hay relatos que encogen, y el que sigue es uno de ellos.

Con los datos obtenidos de varios (todos reales) se ha hecho una especie de recopilatorio, de historia hilvanada que cuenta lo que ocurrió durante la posguerra española, aquella que duró más años que la propia guerra.

Es extenso, muy extenso, quizás más de lo que se considera "leíble" en un blog, pero tan profundo que he querido traerlo íntegro, pero lo he dividido en tres entradas para hacer más sencilla esa lectura. Espero que alguien más, aparte de mí, sea capaz de parar su tiempo y leerlo entero porque vale la pena.

Las guerras siempre son por voluntad de unos cuantos, pero algunas (y la Guerra Civil Española lo fue) son más crueles porque continúan una vez terminada durante más de una década.

Comencemos.

El presente relato es una ficción realizada a partir de diversos testimonios verídicos, que nos ha servido como hilo argumental de la exposición. De hecho este testimonio ficticio podría ser cualquiera de las memorias de infancia de los niños que sufrieron la guerra del 1936.

No he explicado nunca a nadie mi historia. Los padecimientos y el dolor que experimenté a raíz de la Guerra Civil los he guardado púdicamente para mí. Al principio me hacía miedo explicarlo, pues sola y sin familia, lo que quería la niña pequeña y desvalida de aquellos años oscuros era parecerse al resto de niñas acogidas en la casa de misericordia y, después, a las compañeras de trabajo en el taller de confección donde trabajé a lo largo de muchos años. Era consciente, sin embargo, que mi historia no era la única, que todas habían sufrido mucho y que, quizás, sus ojos hundidos esconderían vivencias y padecimientos todavía más grandes que los míos. Pese a todo, esta parte dolorosa de mi vida, la que me hizo pasar de ser una niña alegre de Madrid, a una mujer amargada de un barrio obrero de Barcelona después de perder mi familia en pocos años, era el único fragmento de mi vida anterior y quería mantenerla incólume, sin ensuciarlo por el solo hecho de hablar de ello. Me lo arrancaron de cuajo todo: padres, hermanos, futuro, incluso mi nombre, pero no me pudieron hacer olvidar.

Ya hace muchos años que tenía ganas de explicar mi historia, de decir todo aquello que me ha hecho mal a lo largo de la negra noche de la posguerra. Parece que ahora, sesenta años después del final de la guerra, y veinte y cinco de la muerte del dictador, algunos supervivientes empiezan a hablar para explicar todo aquello que vivieron. Quizás no es demasiado tarde. Para ellos sí, las suyas -nuestras- vidas, quedaron marcadas por el padecimiento y nadie podrá devolvernos aquello que perdimos, sin embargo, cuando menos, tengo la esperanza que explicando nuestras vidas alguien tome conciencia de lo que pasó y valore nuestros padecimientos aunque sea sólo para evitar que puedan volverse a repetirse.

Dicen que los que ya somos viejos tenemos miedo de otra guerra, nos dicen que ahora eso es imposible, que la política y la situación del país no permitirían que una situación como la que vivimos en 1936 se reprodujera ahora. tienen seguramente razón, sin embargo todavía me recuerdo de aquellos que, después de la muerte de Franco, utilizaban el fantasma de la guerra para pedirnos que olvidáramos nuestros padecimientos, que teníamos que sacrificarnos otra vez para conseguir un país libre y moderno. Siempre he tenido el íntimo convencimiento que nos traicionaron una segunda vez, esta vez los herederos de unos partidos políticos que perdieron la guerra y que ahora lanzaron una segunda paletada de tierra encima nuestro. En 1977 muchos de los que sufrimos y fueron represaliados en las prisiones franquistas, con padres, hermanos o hijos fusilados en los márgenes de las carreteras por los militares o los falangistas, o condenados en los consejos de guerra después del año 39 y ejecutados, todavía eran vivos y podía haberse reparado una parte, ni que fuera pequeña, de sus padecimientos, sin embargo no fue así. Incluso a lo largo del mandato del gobierno socialista se avanzó muy poco en este tema, con algún acto puntual y la obtención de unas pequeñas pensiones creyeron que ya habían cumplido con nosotros y se nos sacaron de encima. Y ahora, ni siquiera puede conseguirse que el Congreso de los Diputados declare la responsabilidad de los fascistas en el inicio de la Guerra Civil.

He visto por televisión un reportaje sobre Los niños perdidos del franquismo que me lo ha removido todo. Todavía me hago cruces que alguien haya sido capaz de explicar una historia que, a pesar de afectar a un gran número de niños y sus familias de antes y de ahora, no se había explicado nunca. Nos habían condenado al olvido por dos veces, por vencidos primero y por incómodos, espectros vivientes del pasado desprendido. Veo también en los diarios que se han empezado a excavar algunas fundiciones comunes de los fusilados en la guerra, y que, incluso se pide a la ONU que intervenga para reparar, ni que sea moralmente, aquellos crímenes, el genocidio de un pueblo hecho en muchos casos por los propios vecinos, amigos, conocidos y, incluso, familiares de los vencidos. No hay nada más parecido a un muerto que otro muerto. Cuándo veía por la televisión las noticias de las horribles matanzas en las guerras de Yugoslavia, siempre pensaba lo mismo al oír las palabras de compasión y rechazo de los políticos que han querido olvidar que nosotros, en España, tenemos un pasado más oscuro del que nadie hacía caso.

Ahora, mi limpia Clara, que estudia en la Universidad, la primera de mi familia que ha podido hacerlo desde la guerra, me pide que le explique mi historia para un trabajo de Antropología. Recogerá mis recuerdos en una cinta de una cassette y los pondrá por escrito sin faltas de ortografía. Yo eso no podría hacerlo así que nos hemos sentado en torno a la mesa del comedor, con su madre, que nunca ha oído esta historia y he empezado a hablar. Las palabras han salido fluidas, rápidas, ordenadas, preparadas como si de las filas de un ejército se tratara, un desfile que hacía mucho tiempo que esperaba el orden de marcha. Aquí están mis recuerdos.

Cuando mi mundo se rompió en añicos era demasiado grande para olvidar y demasiado pequeña para poder hacer nada por evitar todo aquello que me pasó. Este hecho hizo que en mí se sumaran dos conciencias: la real de quién era, que conseguí preservar pese a todo ello que después ocurrió, y la impuesta después de la guerra con la que hasta hoy he tenido que convivir. aunque en mi DNI figure coma Maria Concepción Expósito Hernández, mi nombre auténtico es Margarita López Real. Nací en Madrid el 15 de junio del 1925, tercera hija de Ramón y Maria, y tengo plena conciencia que fui la chica preferida de mis padres, la niña bonita de una familia de clase media con dos hermanos más grandes que yo, Pablo y Damián. Tengo recuerdos claros de mis primeros años pues creo que lo que vino después contribuí a fijarlos perfectamente a mi memoria como un escudo contra los tiempos más duros que he tenido que vivir. Como pasa a todos los viejos, he olvidado muchas cosas de mi vida, incluso a veces se me hace difícil recordar lo que he hecho hace unos meses o unas semanas, pero los hechos de mi juventud, quizás por ser precisamente eso, mi juventud, todavía los tengo claros, recientes, como si justo ayer hubieran pasado, como si creyese, de la misma mamera, que manteniendo su recuerdo se podrían borrar los hechos y retomar el hilo de su primera vida.

El padre era maestro en un colegio de la calle Narváez, cerca de nuestra casa, un centro que después de la guerra fue entregado a una congregación religiosa, a unas monjas, he olvidado de qué orden, que, por lo que supe después, cambiaron de arriba abajo el sentido y los fundamentos de la escuela y lo convirtieron en un centro para niñas de casa buena del barrio de Salamanca. La madre me explicó, y yo lo he leído después, que el padre era un defensor de la Escuela Libre de Enseñanza que precedió las reformas educativas organizadas por la Segunda República. Yo entonces no lo comprendí, sin embargo todavía tengo grabadas en la memoria las imágenes de la gente bailando por las calles el 14 de abril del 1931 cuando se proclamó la República y el rey huyó. Yo he visto a la gente encima de del tranvías hacia la Puerta del Sol gritando, riendo, exultantes de felicidad. El padre nos llevó a toda la familia a pasear por el centro de Madrid y, después de mucho caminar, se agachó, me alzó a cuestas y me sentó encima de sus hombros diciéndome: "Pequeña, mira bien todo eso y no olvides nunca, hoy empieza el futuro para todos nosotros". Pobre papá, nunca supo hasta qué punto se equivocó.

... Continúa.

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Los niños de la guerra 2 de 3

Fui a la escuela hasta junio del 1936 y recuerdo muy bien algunos detalles. Niños y niñas compartíamos a las clases, algo que no se había visto hasta entonces y que después de la guerra se suprimió, volviendo a una educación separada a lo largo del franquismo que nos hizo miedosos como personas y que, a las mujeres, como a tu madre, las impidieron acceder a la cultura. A veces creo que aprendí más yo el tiempo que estuve en la escuela antes de la guerra y después en Francia y Bélgica, que tu madre todos los años que fue a la escuela. Porque tu madre fue a escuela, pues el abuelo y yo no quisimos que dejara los estudios para trabajar, que eso ya lo hacíamos nosotros, y mira que muchas veces no era fácil poner un plato en la mesa y muchos niños trabajábamos desde muy pequeños para ayudar en casa pero así tu madre pudo entrar a trabajar primero en una tienda haciendo albaranes y llevando los números de la caja, y después en aquella empresa del Paseo de Gracia hasta que se jubiló.

Recuerdo de la escuela que los maestros nos trataban a todos, niños y niñas, por igual, y que en las clases realizábamos experimentos, nos explicaban las ciencias naturales, la biología, el cuerpo humano y, incluso, nos llevaban de excursión a la Casa de Fieras del Retiro a ver los animales. También en el parque de la Fuente del Berro, y en la Casa de Campo a estudiar los árboles y las plantas, y nos llevaban al Museo del Prado, y a ver los monumentos de Madrid. Leía mucho y era muy espabilada. Todo el mundo decía que podría estudiar e ir a la Universidad. Los padres no me dijeron nada, pero yo quería ser médico. Cuando ahora lo pienso y recuerdo lo que ha sido mi vida, me vienen ganas de llorar, de hacer estallar la rabia contenida a lo largo de tantos años. Maldecidos sean todos. Cuando yo tenía once años todo se hundió de golpe. En febrero del 1936 el Frente Popular ganó las elecciones y las izquierdas recuperaron el poder después de dos años de gobierno de derechas. La gente reía de nuevo por las calles pero también había un cierto sentimiento de miedo que se notaba en el ambiente. El padre decía que los militares, los fascistas intentarían algo contra la República, que no se conformarían a perder sus privilegios, que hacía falta vigilar, que la República podía estar en peligro. En casa, mis hermanos discutían con el padre y explicaban que entre sus compañeros en el Instituto había gente de todos colores, falangistas seguidores de José Antonio, inflamados por el poder de los gobiernos fascistas de Alemania y Italia, comunistas, socialistas, anarquistas; decían también que las reyertas eran cada vez más frecuentes y que incluso se habían llegado a enfrentar a tiros por las calles de Madrid.

Cuando llegó el verano, la madre pensó que lo mejor era que nos fuéramos a pasar el verano con sus parientes de Bilbao, que tenían una pequeña casa, un caserío le decían, en el campo. La madre, Damián y yo nos fuimos a principios de julio del 1936 en tren hacia Bilbao, y el padre y Pablo se quedaron en Madrid, el padre trabajando y Pablo preocupado por su chica que entonces le daba calabazas y lo hacía sufrir. Habíamos reído mucho con sus problemas con las chicas, él, que era muy bien plantado y tanto decidido por otras cosas, no sabía como decirle ni buenos días. Los primeros días de julio pasaron muy rápidos, muy divertidos. Recuerdo que fuimos a la playa a bañarnos al mar y que el agua estaba muy fría. Mis primas, más acostumbradas, se reían de la niña de capital que tenía frío, y un poco de miedo, de meterse en el mar, y yo las perseguía por la playa para estirarles las trenzas. De repente, un día, la madre y los tíos comentaron muy alarmado que el ejército se había levantado en armas a África y que había combates en muchas ciudades. Todos decían que este golpe sería como el anterior intento del general Sanjurjo, que pudo resolverse rápidamente, pero pasaron los días y la situación se haga cada vez más complicada, pues el País Vasco y los territorios fieles a la República del norte habían quedado aislados del resto para las zonas controladas por los sublevados. Peor todavía, Pablo pudo comunicarnos que el padre había muerto en los combates para tomar a los militares el control de los cuarteles de Madrid, en el Cuartel de la Montaña. La última vez que estuve en Madrid reuní bastante valor para ir a ver el lugar donde murió mi padre; no había nada, pues muchos años después de la guerra arrasaron el solar para construir un parque donde instalaron también un templo egipcio. Nada recuerda que en aquel lugar se defendió la República, parece que se mejor recordar los egipcios que nuestros muertos. El grito de la madre cuando recibió la noticia de la muerte del padre me traspasó el cerebro y todavía ahora puedo oírlo de día y de noche. No lo olvidaré nunca, pues fui consciente, no me pida como, que con aquel grito había perdido mi vida. Mis hermanos Pablo y Damián se alistaron. No los volví a ver nunca más.

Después de salir del orfanato intenté averiguar que había sido de ellos. Su historia podría ser una más del millar de pequeñas historias en que se coló el futuro de los vencidos en la guerra civil, sin embargo era la historia de mis hermanos. Pablo hizo toda la guerra luchando en el frente de Madrid pasando todo tipo de penalidades y peligros en las trincheras de la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria; ya vea qué ironía del destino, mi hermano arriesgando la vida en los mismos lugares donde habíamos ido a pasar los días de fiesta con el padres y donde él estudiaba antes de la guerra; hacia el final, cuándo el fin de la República ya era seguro, su unidad fue trasladada al Levante y acabó en los muelles de Alicante, con los últimos soldados del ejército republicano y millares de fugitivos desesperados amontonados en el puerto sin nada esperando la llegada de los barcos que Francia y Inglaterra prometieron enviar para evacuar a los fugitivos del ejército fascista. Los barcos no llegaron; por miedo a Alemania y la República gobernada por los comunistas permitió que millares de personas cayeran entre las garras de los vencedores, mediante una omisión de socorro que no era más que un crimen encubierto, uno más de los muchos que hicieron a lo largo de la guerra cuando cerraron los ojos a la ayuda de los alemanes y los italianos a los fascistas mientras ponían todo tipo de dificultades para permitir la llegada de los suministros militares a la República. Vea, una democracia hundida con la ayuda de otras democracias ante las dictaduras de Europa.

Bien, Pablo fue capturado, amontonado en un vagón de ganado y trasladado a un campo de prisioneros, clasificado, juzgado por un consejo de guerra y fusilado. Tenía poco más de veinte y tres años y era ya un viejo enfermo y agotado después de tres años de guerra y unos meses de prisión infames en condiciones infrahumanas. puede imaginarse los detalles, de hecho últimamente se han publicado algunos libros que tratan de la represión en las prisiones franquistes hechos por algunos historiadores que ya no osan pasar de puntillas por encima de tanto de horror y ya no se limitan a contar el número de muertes aquí y allí, sino que entrevistan a los pocos supervivientes que todavía quedan vivos, y describen los padecimientos y los horrores con sus palabras, palabras que ningún intento de reconciliación podrá apaciguar o hacer más suaves. Estos recuerdos son como los clavos con los que se cuelga el cartel de una infamia que muchos quieren olvidar por conveniencia y que otros han intentado enterrar por pudor o vergüenza.

Lo que le pasó a Damián forma parte también de las historias del exilio. Unos compañeros a los que encontré, y no fue fácil hacerlo pues cuando Franco mandaba, y mandaba mucho, nadie quería hablar de eso - pues incluso los vencidos lo que querían era pasar desapercibidos y rehacer sus vidas mezclados con los vencedores, muchos los cuales, pronto se dieron cuenta que la guerra no la habían perdido sólo los republicanos sino también los nacionales que, una vez utilizados como carne de cañón, vieron que las estructuras sociales en el nuevo estado no cambiarían y que continuarían mandando los de siempre - , me explicaron que mi hermano pequeño hizo la guerra a Cataluña, luchó en la batalla del Ebro, una carnicería espantosa en la que murieron más de sesenta mil personas y después, formando parte del ejército derrotado, retrocedió hacia la frontera y pasó a Francia cuándo los fascistas los empujaron hacia} el norte a raíz de su última ofensiva. Damián caminó con sus compañeros por una carretera apretada de refugiados y fugitivos mezclados con los restos de un ejército vencido, ametrallado por los aviones franquistas que no distinguían entre civiles y militares al mismo tiempo de destruir todavía más unos seres que ya no podían presentar ninguna oposición a su triunfo; de hecho, eso no les había importado nunca, pues los bombardeos de las ciudades fueron una constante de los fascistas a lo largo de la guerra. En Francia, Damián fue trasladado a un campo de internamiento situado en las playas de Argelès-sur Mer, cerca de la frontera, un cubil asqueroso donde fueron amontonados muchos hombres en unas condiciones que de tan peores produce rabia explicarlas . Para salir de allí sólo tenían dos opciones, volver a España y sufrir los deseos de venganza y la justicia de los fascistas, o alistarse a los batallones de trabajadores del ejército francés, batallones de marcha les llamaban, aunque, de hecho, no eran más que unidades de hombres utilizados como mano de obra barata para trabajar en las fortificaciones de la Línea Maginot francesa y a cualquier punto donde hiciera falta un par de brazos dispuestos a trabajar con el fin de salir del campo.

Damián no tuvo suerte. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940, lo capturaron como muchos otros y, después de pedir opinión al gobierno de Franco, y que su cuñado, Serrano Súñer, que todavía es vivo aunque tiene más de cien años, dijera a los nazis que aquellos hombres no eran españoles, los enviaron a los campos de exterminio. Mi hermano fue a parar en el campo de Mathausen, donde con un traje de rayas y un triángulo morado con una S, símbolo de Spanien - español - cosido en el pecho, trabajó en la cantera subiendo piedras por una escala interminable sometido a las brutalidades de los guardias de las SS hasta que, agotado, murió. Esta historia se ha explicado muchas veces, pero hace falta recordarla, ya que no sólo fueron los judíos los que sufrieron el exterminio por parte de los nazis, muchos otros colectivos también fueron a los campos de la muerte. De hecho, hacia el final de la guerra mundial, en el campo de Mathausen, los prisioneros sublevados se hicieron con el control de las instalaciones antes de que llegaran los soldados norteamericanos y una bandera republicana ondeaba encima de los muros. Fue también un catalán, Francesc Boix, quien hizo las fotografías que inculparon los cabecillas alemanes en los juicios de Nuremberg haciendo posible sus condenas por crímenes contra la humanidad. Esta es una historia demasiado horrible para olvidarla, y por ello hay grupos, como el Amical de Mathaussen, que intentan preservar la memoria de los hechos, aunque los gobiernos españoles de la democracia han pasado por encima de este tema de puntillas, sin querer reparar esta injusticia ni que fuera de manera simbólica.

No crea que el de mi hermano Damián fue un caso aislado. Ojalá. muchos otros republicanos murieron en los batallones de trabajo franceses, sobre todo en los territorios del norte de África construyendo ferrocarriles, o bien a las filas de la resistencia luchando contra los alemanes. Y los que, después de un tiempo en los campos, decidieron volver a España no lo tuvieron tampoco fácil. Primero, una vez atravesada la frontera, eran librados o detenidos por la Guardia Civil que los enviaba al centro de detención del castillo de Figueras. De allí en trenes de ganado a los puntos de clasificación de Miranda de Ebro, Madrid o Reus, donde se investigaba con mucho cuidado el pasado de los devueltos, dictaminando su grado de responsabilidad a lo largo de la guerra y, en el mejor de los casos, aquellos que sólo habían sido soldados, eran enviados a los batallones disciplinarios de soldados trabajadores, unidades de detención dedicadas a la reconstrucción de todo lo que la guerra había estropeado, especialmente puentes y carreteras, o bien construían fortificaciones. Una vez acabado el tiempo de estancia en los batallones todavía tuvieron que hacer de soldado en las filas del ejército vencedor, es decir, que hubo gente que salió de casa el año 1936 para ir a luchar por la República y volvió más de diez años después. Y éstos todavía tuvieron suerte y podían decirse afortunados, pues muchos otros fueron muertos a lo largo de la guerra o en las prisiones, o bien se tuvieron que exiliar en Francia o en México.

Es decir, ya saben que perdí un hermano fusilado por los franquistas y otro muerto en manos de los nazis. Y todavía no lo han oído todo.

... Continúa.

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