No soy persona de depresiones; en realidad creo que he tenido una y media en mi vida, pero estoy días ando de bajonazo, y es que tres decepciones en algo más de un mes, son muchas para este cuerpo serrano, sobre todo si alguna de ellas no te la ves venir.
El problema no es salir de todo ésto... que saldré... eso que no lo dude nadie, si no que salgo cambiada, de otra forma; ya no seré la de antes, la de hace dos meses. Se me muere la inocencia de creer en los demás, todavía; ese pensar que esta vez será distinto, que todavía existe gente que va de verdad por la vida, que ya tengo el cupo lleno.
Y no hablo de amores, que eso es algo que desterré hace muchos muchos años. Hablo de sentimientos, sí, pero de otra clase. Que haberlos, haylos.
Ya me pilla sin fuerzas para intentar superar ciertas cosas; quizás porque los años pasan y te das cuenta que es más de lo mismo, que la gente no cambia, que mientras das... tienes, que en cuanto sacas la patita del plato...
Un mal año el que empieza en unos días, por todo lo contado a medias y por otras cosas que no vale la pena decir, pero lo único cierto es que estoy volviendo a meterme en mi caparazón, de donde quizás no debí salir nunca. Por lo menos dentro de él no llegan las heridas.
Esta mañana sin ir más lejos pensaba que por qué no meto el móvil en un cubo de agua, y me limito a escribir en este viejo portátil y a ver de vez en cuando viejas películas en la tele, dejando pasar los días mientras miro a mi perro. Estaría bien vivir en un mundo inventado, sobre todo inventado por mí. Igual lo hago. Todo. Incluído lo del cubo.
Tres decepciones en algo más de un mes. Son muchas, demasiadas para un cuerpo cansado de pensar. Hacía tiempo que no me sentía tan sola y lo gracioso (ironía) es que no quiero salir de ésto. ¿Para qué?
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