Carlos
Cuando supe tu muerte me quedé sin reaccionar. Me enfadé tanto, tanto, que pensé nunca te perdonaría, y no porque no me hubieras contado que no te encontrabas bien, si no porque me enteré por la prensa que te habías ido. Aún hoy, ahora que recuerdo aquel momento, siento ganas de reñirte.
Lo quisiste hacer a tu manera, yéndote el día de tu cumpleaños para mayor inri. Sé que te despediste de mí pero yo entonces no sabía que lo estabas haciendo. Mi querido Juan. Carlos cuando te conocí.
Has sido una de las personas más preciosas que ha pasado por mi vida. Fíjate si eras especial, que jamás hablé de tí con ninguna de mis parejas. Eras algo mío y sólo mío. Tu mundo y el mío no se hubieran cruzado jamás... pero se cruzaron un día en el que tú tenías 24 años y yo 15. ¡Qué guapo eras entonces, por dios!
¿Recuerdas aquella pequeña cafetería al lado del Teatro Principal donde las horas se convertían en tardes enteras... porque tú habías pasado "cerca" de mi ciudad? Mentiroso (sonrío). El típico caballero que le acercaba la silla a una incipiente adolescente y la hacía la más importante del mundo. Cómo me hablabas de literatura y de lo que más sabías: reyes y reinas, entresijos palaciegos... y monumentos, museos... y tu amada Florencia. Por cierto: prometiste que cuando no necesitara el permiso de mis padres, me llevarías. Ay mis padres, si hubieran sabido que existías y que yo me veía con un "hombre mayor".
Esa forma tuya de hacer de mi ignorancia sobre tanto, un llenar de sabiduría todo mi mundo. Esos libros que me traías y que yo leía bebiéndolos porque eran tuyos. Algunos simples dirán que estuve enamorada de tí, pero no fue eso: era admiración completa y absoluta por tí, por los sitios que visitabas y el cómo me lo contabas haciendo que yo estuviera también allí... contigo.
Ese arrimarme el café para que no se me enfriara; el retirarme la silla y ayudar a ponerme el abrigo; cogerme del brazo como si lo hubieras hecho toda la vida; mirarme como lo hacías, no como mi padre, no como si quisieras algo, si no como tú solo me has mirado.
¿Te cuento un secreto? Me daba rabia cuando te despedías dándome un beso en la frente; en la mejilla al menos ¿no?, pues no: en la frente. Menos mal que luego lo arreglabas con un abrazo de oso.
Y de pronto no estabas. No viniste nunca más.
La última vez que nos vimos te pregunté si te pasaba algo; noté no sé lo qué en tu mirada pero ¿cómo iba a interpretarlo? Negaste y todo volvió a la normalidad, nuestra normalidad. Sólo te permitiste contarme que estabas algo cansado, pero pensé que era lógico con tanta gira con tus libros. Volví a mirarte fijamente cuando en la despedida el abrazo fue más largo pero sonreíste y ese día sí me besaste en la mejilla. Sólo ese día.
Tardabas, no venías, no me llamabas y empecé a preocuparme.
Era tu cumpleaños, seguro que me llamabas o puede incluso que ya estuvieras aquí.
Y un día un titular de prensa me partió en dos.
Durante meses estuve enfadada, muy enfadada contigo... y muerta de pena. Mi madre pensaba que estaba enferma y mi padre sólo me miraba muy serio. Fueron años esperando esa tarde contigo y ahora tenía que aprender a vivir sin tí.
He pensado mucho si poner o no, aquí, la primera foto que me diste, dedicada con mi grandilocuente nombre... pero no, porque al igual que tú cuando venías, esa imagen es mía y solo mía.
Ni siquiera puedo llevarte una flor porque decidiste reposar muy lejos de aquí, pero aún así sé que un día volveremos a tomar café en un pequeño lugar, y hablaremos de lo mucho que viste y que sabías, mientras yo te sigo mirando con la misma adoración, embebiéndome cada una de tus palabras.
Hoy serías un venerable anciano, con más sabiduría aún si cabe y que cumpliría años con esa sonrisa de niño que siempre tuviste y ese amor por la vida que tan pronto te quitaron.
Mi querido, queridísimo Juan.
(El escritor Juan Balansó falleció el 28 de junio, día de su 61 cumpleaños).
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